El día 8 de octubre de 2008 escribí un poema, dedicado al 11-M, que, recitado por mí en diferentes tertulias literarias de Madrid, provocó mi expulsión de la que tiene lugar en el Círculo de Bellas Artes. Lo publico ahora en esta tribuna, precedido de las palabras que le sirven de preámbulo, para que se tenga idea clara del grado de persecución a que se ve sometida, en ciertos ambientes culturales, la libertad de expresión.

Dos días después de aquel terrible 11 de marzo, muchos formaron rebaño, en plena jornada de reflexión, para exigir al Gobierno la verdad de lo ocurrido. Me pregunto dónde están hoy. El día 11 de cada mes, unos llamados Peones Negros, que, de verdad, quieren saber quiénes se encuentran detrás de aquella matanza, acuden a la estación de Atocha, con ánimo de honrar a las víctimas de tan tremendo atentado. En ellos pensaba cuando, en octubre de 2008, escribí estos versos. Me encantaría tener la oportunidad de recitárselos a Zapatero; pero no a solas, sino en un abarrotado Congreso de los Diputados, ante mil cámaras de televisión, en nombre de las víctimas del 11-M.


Fernando Lago

Poema dedicado al 11-M

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viernes, 20 de enero de 2012

"O calabazote"




  Vida oculta de Pepiño Blanco
(Capítulo 39)

     El viaje de regreso a Lamacido confirmó que Tekito Tanko no era gran cosa como GPS. Mostraba una pericia fuera de lo común cuando se trataba de enfrentarse a complicados cálculos matemáticos que requerían la quietud del hogar; pero, al verse en movimiento -viajando en automóvil, por ejemplo-, no daba una al derecho. Diecinueve días después de su partida de Barcelona, entraron en Galicia, por el paso fronterizo de Tuy, tras haber recorrido Portugal, de sur a norte. Y cinco días más tarde llegaron a Lamacido.
     Maruxa vivía en un continuo sobresalto. Pepiño Blanco parecía apagado; y, si los cálculos de Tekito no estaban equivocados, había consumido ya, en su desplazamiento a Barcelona, toda la gasolina que se había tragado. Sin embargo, Pepiño seguía echando humo por el tubo de escape. Maruxa se dirigió a don Armando Vilariño , y le expresó su honda preocupación.
-  Un día se enciende, y hay que ir a buscarlo a Buenos Aires.
Era preciso impedir que Pepiño Blanco volviera a salir como un cohete, en el supuesto de que, pese a todo, aún le quedara combustible en el cuerpo. A don Armando no se le ocurrió cosa mejor que engordarlo. Tekito Tanko hizo los cálculos necesarios, y advirtió que, para contrarrestar el empuje de la fuerza propulsora, Pepiño Blanco debería pesar, como mínimo, 216 kilos.
     Pepiño fue sometido a una operación de engorde que duró cuatros meses. Todos los vecinos contribuyeron a cebarlo, como si de un cerdo comunal se tratara. Día a día, y a simple vista, Pepiño aumentaba de peso. Y el 22 de marzo, festividad de San Zoilo de Pastrana, era un hermoso infante de cinco añitos, que pesaba 234 kilos. Su esférico volumen, de 2,40 metros de diámetro, no permitía verle los brazos y las piernas; por esta razón,  Pepiño Blanco fue conocido en toda la comarca, a partir de entonces, como "Calabazote de Lamacido".

Tío Chinto de Couzadoiro 
         

     

sábado, 14 de enero de 2012

El brazo de San Zoilo




Vida oculta de Pepiño Blanco
(Capítulo 38)

     Al rayar el alba del día siguiente, salieron del Barrio Chino de Barcelona, con intención de dar, a Tekito Tanko, una nueva oportunidad de mostrar su destreza como GPS. Iban todos muy apretados en el interior del taxi, porque San Zoilo de Pastrana, contrariado en exceso, por no haberle permitido don Vicente quedarse unos días en el prostíbulo de Feliciana "seis plátanos", se negaba a viajar en la baca.
     Maruxa, que no hallaba consuelo a su dolor, amenizaba, por momentos, con su llanto, la incomodidad del viaje. Abrazada, tiernamente, a su hijo adoptivo Pepiño, repetía, una y otra vez, como un estribillo, estas palabras cargadas de profundo sentimiento: ¡Ay, Dios mío, qué desgraciada soy con mi cruz! Cualquier mujer que no encuentra a su hijo, no tiene que alejarse más de cien metros para dar con él. ¿Por qué tengo yo que ir hasta Barcelona?
    Una de esas veces en que Maruxa manifestaba su pesar, don Vicente no pudo, como en ocasiones anteriores, dedicarle una piadosa exhortación a la paciencia, porque se lo impidió el imponente tortazo que recibió de mano de San Zoilo. Amancio observó el aturdimiento del párroco, a través del espejo retrovisor, y exclamó ¡vaya par de hostias!, justo en el momento en que don Vicente recibía la segunda. Acto seguido, el cura pidió auxilio, con palabras que escandalizaron a la beata Amalia Fandiño.
- ¡Sujetad al cabrón del santo, coño, que va a darme la tercera!
Y, viendo que, por devoción a San Zoilo, no le hacían caso, él mismo agarró de un brazo al santo, se lo arrancó, sin querer, y, queriendo, lo lanzó por una ventanilla, para que fuera a perderse precipicio abajo. Todos lamentaron el estado en que quedaba la imagen de San Zoilo; pero don Vicente, declarado librepensador de Lamacido, puso fin a las lamentaciones, asegurando que, si la Venus de Milo había alcanzado la gloria sin los dos brazos, bien podía, San Zoilo de Pastrana, subir manco a los altares.

Tío Chinto de Couzadoiro

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viernes, 16 de diciembre de 2011

Camino del Barrio Chino




Vida oculta de Pepiño Blanco
(Capítulo 37)

     El portentoso cálculo de Tekito Tanko llegó a la precisión de señalar, no sólo la calle del Barrio Chino barcelonés en que se hallaba Pepiño Blanco, sino, incluso, el portal y la planta. Tekito se había transformado en un rudimentario GPS, prodigio de la ciencia por aquellos días, que indicaba, sin posibilidad de error, la presencia de Pepiño en el prostíbulo que regentaba la octogenaria Feliciana "seis plátanos", de quien se contaba que, en sus años de ejercicio, despachaba, por lo común, en una misma sesión, a media docena de ansiosos varones.
     El viaje hacia Barcelona lo emprendieron al día siguiente. Maruxa y Herminio querían recuperar a Pepiño cuanto antes. Iban en el coche de Amancio, taxista de Santa Marta de Ortigueira, con don Vicente, párroco de San Damián de Lamacido, don Armando Vilariño, médico rural, y Amalia Fandiño, la exuberante beata, todos ellos viejos conocidos nuestros. La imagen de San Zoilo de Pastrana, que había mostrado un ferviente deseo de acompañarlos, viajaba en la baca, bien sujeto a ella con unas firmes correas. San Zoilo llevaba en brazos a Tekito Tanko; religión y ciencia se unían en estrecho lazo, para guiar al taxista por el camino más corto. De este modo, rindieron viaje, felizmente, en Barcelona, catorce días después de su partida de Lamacido, porque, una de dos, o Amancio no entendía las indicaciones de Tekito Tanko, o éste necesitaba, como GPS, algún arreglo profundo. Entenderéis fácilmente lo que trato de decir, si tenéis en cuenta que, al cabo de nueve días, circulaban aún por la carretera que va de Tarancón a Cuenca, y habían transitado por más de cincuenta vías comarcales, nueve cañadas reales y cuatro calzadas romanas.
     Ya en el Barrio Chino, localizaron a Pepiño Blanco sin dificultad alguna. Pero la cosa se complicó cuando don Vicente y San Zoilo de Pastrana llegaron a las manos, en la calle más concurrida del barrio. San Zoilo pretendía quedarse una temporada en la casa de Feliciana "seis plátanos", porque, según decía el santo, veía allí mucha labor que hacer.

Tío Chinto de Couzadoiro

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sábado, 10 de diciembre de 2011

Adiós a Lamacido




Vida oculta de Pepiño Blanco
(Capítulo 36)

     Pepiño Blanco se fue de putas, por vez primera, antes de cumplir los cinco años. Como entiendo que tan notable precocidad requiere su explicación, paso a darla, sin esperar a que se me pida.
     Sucedió por los días en que Pepiño, muy recuperado del mal que lo había puesto en trance de ser llevado al cementerio, prestaba sus últimos servicios como chisquero. La llama que le salía por la boca estaba ya a punto de extinguirse para siempre. Y una mañana, mientras Pepiño asistía, con otros niños, a la catequesis de don Vicente, la extinción fue completa. Pero, al salir de la iglesia los catecúmenos, el cuerpo de Pepiño Blanco, que llevaba algún tiempo sin producir el sonido característico de un motor de explosión,  arrancó, nuevamente, con el que es propio de un camión de aceite pesado. Enseguida le asomó, por los bajos del pantalón, un humo grisáceo, y, poco después, la llama arrebatada, como de soplete, que le salió por el ano, transformó a Pepiño Blanco en un cohete que se elevó, majestuosamente, y se perdió de vista, en cuestión de segundos.
     "La Berza" dio noticia de ello al día siguiente, y se refirió a Lamacido como "el Cabo Cañaveral gallego". Amalia Fandiño, la gordísima beata, tuvo ocasión de señalar, una vez más, la clara vocación celestial de Pepiño, y don Arsenio Taboada, el indiano vuelto de Nueva York, no dejó de insistir en que aquello confirmaba, sin género de duda, su vieja sospecha: Pepiño Blanco era Supermán de Lamacido. Lo cierto, sin embargo, y duro de aceptar, lo constituía el hecho de que Pepiño había desaparecido, y nadie sabía si volvería algún día. Menos mal, después de todo, que, en medio de tanto dolor y tanta confusión, allí estaba Tekito Tanko, el fraternal compañero de juegos de Pepiño, que, tras un laborioso cálculo matemático, basado en el rumbo y en el ángulo de inclinación con que había salido su amigo, y, sobre todo, en la cantidad de gasolina que aún le quedaba en el cuerpo, llegó a la conclusión de que Pepiño Blanco se encontraba en el Barrio Chino de Barcelona.

Tío Chinto de Couzadoiro

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sábado, 26 de noviembre de 2011

El chisquero




Vida oculta de Pepiño Blanco
(Capítulo 35)

     La amistad de Pepiño Blanco y Tekito Tanko fue cimentándose, día a día, con el mucho corretear por los verdes campos de Lamacido  y por sus difíciles caminos, siempre angostos y tortuosos. Los vecinos se acostumbraron muy pronto a verlos como hermanos, más que como simples amigos, aunque, a veces, mostraran, el uno contra el otro, su irreprimible mal genio. El escenario de sus operaciones era amplio; pero Pepiño sentía predilección por la gasolinera de Morouzos. En ella trabajaba Antonio Varela, tío de Pepiño, y, con frecuencia, llevaba allí a su sobrino y al autómata Tekito Tanko.
     Uno de aquellos días, mientras Antonio llenaba el depósito de un camión, y Pepiño contemplaba, boquiabierto y con aire pasmado, el giro de una bolita azul que, en la parte alta del surtidor, indicaba la salida del combustible, Tekito Tanko cogió otra manguera, y llenó de gasolina, a rebosar, un gran cubo de latón. Pepiño entonces, ignorante de la hazaña de Tekito, viéndolo de espaldas, fue hacia él y trató de inmovilizarlo, abrazándolo por detrás, como si fuera un soldado enemigo. Pero Tekito, buen hijo del país del sol naciente, sabía yudo. Pepiño salió por encima de él, y entró de cabeza en el cubo, boquiabierto y pasmado aún. Pepiño Blanco se tragó seis litros de gasolina, y, durante año y medio, sin dejar un solo instante de emitir el sonido característico de un motor de explosión, estuvo a las puertas de la muerte. Y, sin embargo, no dejó de ser útil, en todo ese tiempo, a sus vecinos de Lamacido; pues, doy fe de ello, fue empleado como chisquero por los fumadores de la aldea. Pepiño era cogido del pescuezo, con la mano izquierda; luego, con la palma de la derecha, moviéndola de arriba abajo, se le daban varios frotes en la nuca, y, al momento, salía de su boca la llama que, a lo largo de año y medio, encendió miles de pitillos y tagarninas.

Tío Chinto de Couzadoiro

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domingo, 9 de octubre de 2011

Apoteósica despedida




Vida oculta de Pepiño Blanco
(Capítulo 34)

     Aunque sus componentes no eran más que cuatro -Bernardo Somozas, Antonio Varela, Vicente Martínez y Severino Montes-, la Célula Socialista Agraria de Lamacido acudió en pleno a Santa Marta de Ortigueira, para despedir al zapatero, su presidente, en la misma puerta de la cárcel. La C.S.A.L., precedida de la banda de música de Céltigos, que interpretaba alegres pasacalles, y seguida por todos los aldeanos de Lamacido, recorrió las vías principales de la villa, antes de llegar a las proximidades de la cárcel y situarse frente a ella.
     Se pronunciaron emotivos discursos, que provocaron las lágrimas de los concurrentes, y se gritaron ¡vivas! a casi todo; y, al final, el director de la banda de música de Céltigos, queriendo dar más realce al conmovedor momento, cedió la batuta a Tekito Tanko, y lo invitó a dirigir la interpretación del popular pasodoble "Puenteareas". El álter ego de Pepiño Blanco, que, a partir de aquel momento, fue conocido por algunos como "O Karajan de Lamacido", porque lo tocaba todo, dio comienzo al pasodoble. "La Berza" cubrió el glorioso acontecimiento con tan abundante información gráfica que se vio forzada a sacar hoja y media. Hasta Pepiño Blanco recordó, no hace mucho, aquel día de su infancia, asegurando que había sido un "ato solene". Pero lo cierto, volviendo a la pieza dirigida por Tekito Tanko, es que nadie reconoció en ella el pasodoble "Puenteareas". Y, ante el desconcierto general, don Severiano Fontán, notario de Santa Marta, que asistía al acto en silla de ruedas, le advirtió al alcalde que se había interpretado "La Internacional". La máxima autoridad local se dirigió al titular de la banda, a quien Tekito Tanko había devuelto ya la batuta.
-  ¿Qué tocaron?
-  O pasodoble "Puenteareas".
-  Hay quien oyó "La Internacional".
-  Desafinan moito.
     La cosa no acabó como era de esperar; pues el alcalde, muy molesto por lo ocurrido, no sólo se opuso a la excarcelación de Alfredo Pérez, sino que, además, metió en el calabozo, con el zapatero, al director de la banda de Céltigos. De este modo, pasaron la noche, metidos en un mismo catre, el zapatero, Alfredo Pérez y el director de la banda. Los demás músicos, formados en la calle, siguieron hasta el amanecer, a través del ventanuco que daba al calabozo, las indicaciones de su director, en la interpretación de conocidos pasodobles. Asegura el bombardino que Alfredo Pérez y el zapatero disfrutaron en el catre, con todo lo que el director les tocó.

Tío Chinto de Couzadoiro

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domingo, 2 de octubre de 2011

"O fogueteiro"




Vida oculta de Pepiño Blanco
(Capítulo 33)

     La popularidad de Pepiño Blanco y Tekito Tanko aumentó, entre los aldeanos de Lamacido y de otros lugares de la comarca, con cada cohete que disparaban. Podría decirse que su buena fama corrió como la pólvora. En todas partes querían contratarlos como número de feria; pero Maruxa se opuso a ello, asegurando, con toda razón, que su hijo adoptivo, Pepiño Blanco, no iba a ser el hazmerreír en ninguna fiesta patronal.
    A lo que sí accedió Maruxa fue a la propuesta de don Vicente, párroco de San Damián de Lamacido, que, tratando de arrimar el ascua a su sardina, sugirió que Pepiño y Tekito disparasen tan benéficos "fuegos" desde el campanario de la iglesia. Según su parecer, el cohete ascendería al cielo como una oración que implorase la misericordia divina; y el Todopoderoso, movido a compasión, haría oír su voz tonante en humeante explosión, y derramaría sobre Lamacido su bendición, en forma de billete de mil pesetas.
   Una mañana de domingo, Tekito Tanko elevó al cielo veintidós plegarias. La Divina Providencia dejó oír su voz poderosa, pero a Lamacido no volvieron los veintidós billetes de mil pesetas. Algunos aldeanos, muy socarrones, pensaron en lo mal que debían andar las cosas por la Corte Celestial, cuando se quedaban con veintidós mil cochinas pesetas, e insinuaron, incluso, que se notaban los manejos de San Zoilo de Pastrana; otros, más realistas, acusaron a don Vicente de haberse quedado con el dinero, antes de que Tekito disparase los cohetes. 
   A los pocos días, se supo la verdad. El zapatero fue acusado de financiación ilegal de la Célula Socialista Agraria de Lamacido, juzgado, y enviado a la cárcel de Santa Marta de Ortigueira. Sucedió, sin embargo, que, por no disponer la cárcel más que de un solo calabozo, y de dimensiones muy reducidas, fue necesario, para que el zapatero entrase en él, soltar al preso que lo ocupaba. Se trataba de Alfredo Pérez, salteador de caminos y cuatrero montaraz, que operaba con éxito por los altos de La Gañidoira. Y así fue como Alfredo Pérez salió de la trena, y el zapatero entró en ella.

Tío Chinto de Couzadoiro

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sábado, 24 de septiembre de 2011

"Mandacarallo"




Vida oculta de Pepiño Blanco
(Capítulo 32)

     Los de Lamacido estaban hartos del costoso juego de Pepiño Blanco; pero no por el juego en sí, que bien inocente era, sino porque, al producirse la explosión del fuego, las varillas, cada una con su billete de mil pesetas, caían siempre en Monteceiros. Así que, una tarde, el zapatero de la aldea, que acababa de ser nombrado Presidente de la C.S.A.L. (Célula Socialista Agraria de Lamacido), se acercó a Pepiño Blanco, y, dándole un beso, le dijo:
- Tienes que conseguir, Pepiño, que las varillas de los fuegos caigan en Lamacido.
Pepiño Blanco transmitió el mensaje al "fogueteiro", su álter ego, y éste, que por algo era japonés, lo entendió a su manera. Y, como, además de entenderlo a su manera, Tekito Tanko estaba programado para el cálculo matemático que le permitiera resolver el problema planteado, Tekito llegó a la conclusión, tras varias horas de cavilación profunda, de que la única forma de asegurarse la caída de las varillas en Lamacido era disparar los cohetes, apuntando directamente a Lamacido.
   Aquella tarde, el juego preferido de Pepiño Blanco duró menos que otras veces. Tekito Tanko sólo pudo disparar tres fuegos, porque, el primero, demoledor, había destrozado el nuevo local de reuniones clandestinas de la Célula Socialista Agraria de Lamacido; el segundo, había matado al gallo "Mandacarallo", que se bastaba, él solito, para satisfacer a todas las gallinas ponedoras de Lamacido, Monteceiros, Folgoso, Reboredo y Brancaña; y, el tercero, francamente destructivo, había arrasado, por completo, el taller del zapatero.
  En la madrugada siguiente, las gallinas ponedoras de Lamacido, Monteceiros, Folgoso, Reboredo y Brancaña no oyeron a "Mandacarallo" anunciar el nuevo día. Tardaron poco en saber que el gallo había muerto. Y, después de asistir a su entierro, se mantuvieron de riguroso luto durante mes y medio, y, en ese tiempo, no pusieron un solo huevo.

Tío Chinto de Couzadoiro

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sábado, 17 de septiembre de 2011

Pólvora de rey




Vida oculta de Pepiño Blanco
(Capítulo 31)

     El Cardenal Arzobispo compostelano fulminó con la mirada a Tekito Tanko, y ordenó su destitución inmediata de sus funciones de sacristán y monaguillo.  Y, no contento con eso, pretendió castigar su insolente irreverencia, vendiéndolo, como chatarra, a la fundición de Altos Hornos de Vizcaya. Pero Lamacido en pleno se opuso a ello, haciendo valer su parecido extraordinario con Pepiño Blanco.
     Cuando nació el socialismo, no se sabía muy bien qué era eso que llegaba al mundo. Hoy, afortunadamente, al cabo de muchos años, conocemos sus frutos, y podemos hablar de él sin caer en el error. El socialismo es una cofradía de ladrones. El socialista nace ladrón, porque, ya en el vientre materno, se acostumbra al robo, al saqueo y a la rapiña. Para advertir la verdad de lo que afirmo, basta con observar el lamentable estado en que queda la madre de un socialista, el mismo día del parto.
     Pepiño Blanco descubrió muy pronto su alma socialista. Acababa de cumplir los cinco años. Pepiño Blanco fue un socialista precoz. Heredero universal, a partes iguales con Maruxa -su madre adoptiva-, de la cuantiosa fortuna de los marqueses, jugaba con billetes de mil pesetas, como cualquier otro niño lo hacía con cromos de futbolistas. Y, una mañana, deseoso de favorecer a la famélica legión de los parias de Lamacido, se dedicó, ayudado por Tekito Tanko, a disparar, con pólvora de rey, cohetes que llevaban, atado a la varilla, un billete de mil pesetas. Pepiño le pasaba el fuego -nombre dado al cohete en aquellas tierras-, y Tekito, con la seriedad de un experto "fogueteiro", daba una calada al pitillo, lo acercaba a la mecha del fuego, y, con sana despreocupación, decía "aló vai outro", y dejaba que el billete de mil pesetas, cual número premiado de lotería, se elevara hacia las nubes. El viento hacía lo demás.
     Las varillas fueron a caer al otro lado del monte, y Pepiño Blanco hizo rica a la famélica legión de parias de Monteceiros, porque en Lamacido no cayó ninguna. Los de Lamacido, con la Célula Socialista Agraria al frente, quisieron apalear a Tekito Tanko; pero lo pensaron mejor, y se fueron a armar la de Dios a Monteceiros, y dejaron la aldea sin fluido eléctrico durante mes y medio. Para acabar de liarla, Pepiño Blanco y Tekito Tanko fueron nombrados hijos "prediletos" de Monteceiros.

Tío Chinto de Couzadoiro

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sábado, 3 de septiembre de 2011

El milagro de San Zoilo




Vida oculta de Pepiño Blanco
(Capítulo 30)

     El comportamiento de Tekito Tanko, como sacristán y monaguillo, resultó ejemplar desde el primer momento. Desempeñó, a plena satisfacción del párroco, sus funciones con diligencia, pues lo mismo mantenía la sacristía en orden, sacaba el polvo al mobiliario y le daba brillo, que planchaba los ornamentos o subía por una escalera, para cambiar una bombilla fundida. Pero, a juicio de los feligreses, Tekito Tanko alcanzaba cotas de lucimiento cuando ayudaba a misa. Mostraba tal recogimiento, inspiraba tanta devoción,  que, en poco tiempo, comenzaron a llegar a Lamacido aldeanos de otras parroquias, para oír, en San Damián, la misa dominical de una. Don Vicente, entonces, lleno de humano orgullo, y deseoso de promocionarse como clérigo, cursó una invitación al Cardenal Arzobispo de Santiago de Compostela, para que Su Eminencia celebrase, un domingo cualquiera, misa en Lamacido.
     San Zoilo de Pastrana fue testigo privilegiado del éxito de Tekito Tanko, desde la elevada posición que ocupaba sobre el altar. Tal vez por eso, o quizá porque el ruido del robot, al funcionar, le destrozaba los nervios, la envidia hizo presa en San Zoilo, y lo llevó a maquinar la forma de acabar con el nuevo monaguillo. Y, por ser santo milagrero, durante la noche que precedió al día de la llegada del Cardenal Arzobispo, obró el que fue conocido como milagro de San Zoilo.
     Con la iglesia abarrotada de fieles, Su Eminencia salió de la sacristía, y se dirigió al altar, seguido de don Vicente. Tekito Tanko, dando claras muestras de haberse bebido el vino correspondiente a noventa misas, fue tras ellos. Luego se metió en un confesonario, dispuesto a ejercer de confesor. Una mujer se acercó, y huyó, casi al instante, espantada por la proposición deshonesta que Tekito Tanko le había hecho. El monaguillo volvió al altar con el cesto de pedir. Y, tras declararse marxista-leninista, dejó el cesto en el suelo, justo detrás del Cardenal Arzobispo; y, cuando el párroco se agachó para recogerlo, Tekito Tanko empujó por delante a Su Eminencia, y Su Eminencia quedó patas arriba en la grada. Tekito Tanko, por último, abandonó, con toda dignidad, la iglesia, procurando que los muchos tumbos que daba no delataran su borrachera.

Tío Chinto de Couzadoiro

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sábado, 27 de agosto de 2011

Sacristán y monaguillo




Vida oculta de Pepiño Blanco
(Capítulo 29)

     Aquel fatídico veinte de octubre se malogró el hijo que, con tanta ilusión, esperaban Maruxa y Herminio. Maruxa sufrió tal decepción que, después de mucho llorar y de oír el parecer de don Armando Vilaríño, desaconsejando un nuevo embarazo, no halló más consuelo que volcar su inmenso amor maternal en aquel hijo adoptivo, Pepiño Blanco, puesto en sus manos por la Divina Providencia. Poco tiempo después, en el día de su aniversario, se presentaron en Lamacido cuatro directivos de la empresa Sanyo Tanyoko, para entregarle, como regalo de cumpleaños, un Tekito Tanko, de última generación, que le facilitase las ingratas tareas del hogar.
     Maruxa no acabó de acostumbrarse a la ayuda que Tekito Tanko le ofrecía, por ser mujer que se bastaba, por sí misma, para mantener su hogar, a todas horas, en perfecto estado de revista. Además, Tekito Tanko, al menor descuido de Maruxa, se iba a la cuadra, que era donde tenía más tajo, y volvía a casa hecho una mierda. Así que Maruxa no tardó en prescindir de él.  Cuando se supo en Lamacido que Tekito Tanko no era utilizado, como empleado de hogar, en casa de Maruxa, varias mujeres hablaron con ella, deseosas de ponerlo a su servicio. Pero don Vicente, párroco de San Damián, que tenía sus más y sus menos con el sacristán, porque éste lo dejaba, frecuentemente, sin vino de misa, hizo valer su autoridad para que Maruxa le permitiera convertir a Tekito Tanko en sacristán y monaguillo.
     La transformación no fue fácil. Tekito Tanko estaba programado para las tareas del hogar, no para labores de iglesia. Por si esto no fuera suficiente, el manual de instrucciones venía redactado en inglés y en japonés. Menos mal, después de todo, que allí estaba don Arsenio Taboada, el indiano vuelto de Nueva York, que, según decía, hablaba el inglés como si hubiera nacido en Frankfurt.
     Así pues, amigo lector, seguidor de la apasionante vida oculta de Pepiño Blanco, dejemos, en espera del próximo capítulo, que don Arsenio Taboada traduzca el manual de instrucciones, y Herminio, el electricista, trabaje en la programación que transforme a Tekito Tanko en servicial mozo de sacristía.

Tío Chinto de Couzadoiro

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viernes, 19 de agosto de 2011

Tekito Tanko



Vida oculta de Pepiño Blanco
(Capítulo 28)

     Cuando los ocho de Lamacido entraron en la consulta que el doctor Ogino tenía en la calle Takakata Katataka, de Tokio, el afamado médico sufrió una gran decepción, al saber que, de los ocho, sólo uno -el más pequeño- requería tratamiento. Además, al perspicaz galeno no se le escapaba que, si el venir de la remota España, en busca de su ciencia, hablaba de la confianza que depositaban en él, el hecho de traer con ellos la imagen de un santo denotaba, por el contrario, más fe en los remedios curativos de la oración.
     El Método Ogino consistía, básicamente, en el control riguroso de la temperatura corporal del paciente, a lo largo de mes y medio, como forma de obtener información de su anormal funcionamiento. La singularidad patológica  detectada en los ojos de Pepiño suponía un reto para el doctor Ogino, la piedra angular de la imposición internacional de su método. Durante nueve meses -el doctor Ogino, que no era tonto, prolongó el tratamiento, al descubrir que el enfermo era persona solvente- la prensa de todo el mundo informó, casi a diario, de la mejoría progresiva que afectaba al "niño español". La fotografía de Pepiño Blanco llegó a todos los rincones del planeta. Lo mostraba con un termómetro en la boca, uno en cada fosa nasal,  dos en las orejas y dieciséis en la cabeza, sobresaliendo del cuero cabelludo. Un periódico danés publicó la foto de Pepiño Blanco desnudo, con los veintiún termómetros que, a modo de antenas, llevaba en la cabeza, con este pie: "¿Un extraterrestre en Tokio?" A la mañana siguiente, se suicidaron cuarenta y nueve suscriptores del diario.
     Todo estuvo a punto de malograrse, cuando Pepiño mordió el termómetro que tenía en la boca, y se tragó el mercurio. La cosa quedó en un susto. Los ojos de Pepiño sanaron, y, con el tiempo, la empresa nipona Sanyo Tanyoko, pionera en el desarrollo de aplicaciones informáticas, puso en el mercado el primer robot dedicado a las labores del hogar. Estaba inspirado en la imagen de Pepiño Blanco, cargado de termómetros, y se llamó Tekito Tanko. En menos de un año, Tekito Tanko se convirtió en la gran ayuda de la mujer japonesa: lavaba, cosía, planchaba, fregaba, cocinaba, hacía las camas y regaba el jardín. Tekito Tanko sólo tenía un defecto; era corto de vista, y lo mismo planchaba los cacharros que cosía el jardín o regaba las camas.

Tío Chinto de Couzadoiro

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sábado, 13 de agosto de 2011

El vuelo Madrid-Tokio



Vida oculta de Pepiño Blanco
(Capítulo 27)

     Continuaron viaje hasta Madrid, sin más incidente que el provocado por una frase obscena de San Zoilo, dirigida a una recia campesina de Arévalo. El santo le había espetado, desde lo alto de la baca, que sus enormes tetas dejarían satisfecho a todo un regimiento, y la moza, ofendida, se cargó, de potente pedrada, la luna trasera del taxi. 
     Entraron, por fin, en la capital del oso y el madroño, de noche y sin luna, y se acomodaron en un hotel de la Gran Vía. Y, a la mañana siguiente, se presentaron en el aeropuerto de Barajas.
     La compañía Air France no aceptaba a San Zoilo de Pastrana como un pasajero más. Pretendía -cosa inaudita, según Amalia Fandiño- que viajara en la bodega, con el resto del equipaje. Amalia Fandiño trató de imponer su volumen al razonamiento, asegurando que era un sacrilegio meter a San Zoilo en la bodega, como si fuera un trasto; pero, ni por esas. Los representantes de la compañía aérea hicieron valer su autoridad. San Zoilo viajaría en la bodega o se quedaría en tierra. Al final, el dinero, ese dios que allana los peores caminos, le proporcionó al santo, como a cualquier otro pasajero, la tarjeta de embarque.
     El vuelo, excesivamente largo, se convirtió en una fiesta multicolor para Pepiño Blanco. Feliz en brazos de Maruxa, creyendo, en su infantil inocencia, que iba en el coche de linea Ferrol-Vivero, Pepiño no dejaba de recibir -digno homenaje a su mucha hermosura- la atención amorosa de cualquier mujer que se moviera por el pasillo. Una de las azafatas, que no pudo resistirse, lo tomó en brazos, y, haciéndole toda clase de mimos y carantoñas, lo llevó a la cabina para que el comandante y los demás pilotos lo conocieran.
     San Zoilo de Pastrana, de pie, sobre su peana, en un asiento que daba al pasillo, viendo que se acercaba por él otra azafata con una bandeja, le guiñó el ojo izquierdo, y las tazas de café que la joven llevaba en ella fueron al suelo. Y, al agacharse la esbelta francesa, para recoger lo que había tirado, San Zoilo aprovechó la ocasión que pintan calva, y le palpó con fruición el prominente culo.
     Dos horas después, el avión aterrizó sin ningún contratiempo ... en Nueva York. Parece ser que, cuando Pepiño Blanco entró en la cabina, sus ojos empezaron a emitir destellos de diversos colores y sonidos de diferente intensidad, que alteraron el normal funcionamiento del sistema de navegación, sin que pudiera ser advertido por los pilotos. Pepiño fue condenado por un juez parisino, cuatro años más tarde, al pago de una considerable multa, por haber situado en Nueva York las coordenadas de Tokio. Pepiño Blanco se había convertido en un peligro para el comercio aéreo.

Tío Chinto de Couzadoiro

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sábado, 6 de agosto de 2011

Apostolado de San Zoilo



Vida oculta de Pepiño Blanco
(Capítulo 26)

   El viaje resultó más largo de lo previsto, porque, esperando encontrar la catedral de Santiago, se toparon con la de Astorga. Amancio, el taxista de Ortigueira, sufrió un despiste, en algún punto del recorrido, que sólo podía atribuirse a la escasa visibilidad permitida por el temporal de viento y lluvia, que se había desatado al partir de Lamacido. Durante más de dos horas, San Zoilo de Pastrana, de pie sobre su peana en la baca del taxi, increpó a los elementos, cagándose, de modo blasfemo, en buena parte de sus colegas incluidos en el santoral. Aquello fue, a juicio de los que viajaban en el interior del coche, mano de santo, pues, al poco tiempo, cuando San Zoilo acababa de dejar perdidos a San Onofre de Triana y a Santo Toribio de Inchaurrondo, cesó la tormenta, y un sol esplendoroso lució en el cielo azul.
   Bajando el Puerto de Piedrafita del Cebrero, ya en la provincia de León, una minúscula capa de niebla se presentó, de manera tan milagrosa, que, ocultando solamente el taxi, dejaba visible únicamente a San Zoilo. Los demás viajeros que ascendían el puerto, viendo descender sobre ellos aquel santo desconocido, no daban crédito a su visión. Se sentían desconcertados, porque, en su descenso, el santo, tan pronto giraba sobre sí mismo, hasta darles la espalda, como desaparecía en una curva. En consecuencia, seis camiones fueron a la cuneta, y catorce automóviles cayeron por el precipicio. El apostolado de San Zoilo de Pastrana empezaba divinamente.
   Cuando entraron en Astorga, se encontraron con el final de una procesión, en honor de Santa Hipólita de Martorell, que les impedía el paso, y Amancio no tuvo otro remedio que acomodar la velocidad del coche al lento caminar de la procesión. A lo largo de veinte minutos, un gran número de fieles se unió a la procesión, por detrás del taxi, y siguió, con sus cánticos, a San Zoilo. Amancio giró a la derecha, por una calle secundaria, y los devotos de San Zoilo de Pastrana, que lo seguían, más los de Santa Hipólita de Martorell, que  dieron la espalda a la santa, fueron tras él durante treinta minutos más; los que tardó Amancio en volver a la carretera general, y pisar a fondo el acelerador.

Tío Chinto de Couzadoiro

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viernes, 29 de julio de 2011

Camino de Tokio



Vida oculta de Pepiño Blanco
(Capítulo 25)

     La humildad llevó a don Armando Vilariño a reconocer que su ciencia médica no daba más de sí. El remedio terapéutico aplicado al niño, a base de sosa cáustica y cepillo de raíces, no había dado el fruto apetecido. Pepiño Blanco padecía una grave enfermedad ocular, y requería la atención de un especialista. Por fortuna, don Armando estaba suscrito a la revista médica "El bisturí del galeno", que, en su último número, publicaba un amplio reportaje sobre el "Método Ogino", un tratamiento novedoso, ideado por un médico japonés, que, por medio del control de la temperatura, permitía curar enfermedades oculares como aquella que Pepiño padecía.
     El tratamiento era excesivamente costoso, y el viaje al Japón resultaba muy caro; pero Pepiño, heredero universal, junto a Maruxa, de la fortuna de los marqueses, podía permitírselo. Don Armando habló de todo esto con Herminio y con Maruxa, padres adoptivos de Pepiño, y éstos, a su vez, lo pusieron en conocimiento de don Guillermo de Castro Seoane, tutor del niño. Los tres dieron el visto bueno a la propuesta del médico, y empezaron a preparar todo lo necesario para emprender tan largo viaje al Japón. Y, como suele ocurrir siempre que el gasto lo hace otro, fueron cientos los paisanos, de Lamacido y de otras aldeas, que se ofrecieron para "acompañar al pobre niño"... "que el santiño iba a encontrarse muy solo en aquel país extraño"... Tuvo que intervenir don Guillermo de Castro Seoane, que, después de reunirlos a la puerta de la iglesia, terminó su breve discurso con estas palabras que no dejaban lugar a la duda:
- ¡O que queira disparar con pólvora do Rey, que compre foguetes!
     Cuatro meses después, partían de Lamacido, en un taxi de Ortigueira que iba a llevarlos al aeropuerto de Santiago, don Guillermo de Castro Seoane, don Armando Vilariño, Herminio, Maruxa, Amalia Fandiño, don Arsenio Taboada y, naturalmente, Pepiño Blanco. Iba también, sujeto en la baca con unos correajes, la imagen de San Zoilo de Pastrana, protector de Pepiño. Con el coche ya en marcha, empezó a jarrear, y San Zoilo  se cagó en algo que no se pudo entender. El repiqueteo de las campanas de la iglesia dio un aire festivo a la despedida. El doctor Ogino esperaba a Pepiño Blanco en Tokio.

Tío Chinto de Couzadoiro

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viernes, 22 de julio de 2011

"El fenómeno Pepiño"



Vida oculta de Pepiño Blanco
(Capítulo 24)

     Como la enfermedad de sus ojos no remitía, don Armando Vilariño sometió a Pepiño Blanco a un severo tratamiento, con la intención de bajar el nivel de la urea que la meada de "Roldán" había dejado en ellos. El remedio consistió en fregarle el rostro, durante quince días, con sosa cáustica y un cepillo de raíces. El tratamiento fue mano de santo -probablemente, de San Zoilo de Pastrana-, porque, al cabo de ese tiempo, los ojos de Pepiño se vieron limpios de urea; aunque, eso sí, con la falta de luminosidad que hoy les conocemos. Con esto quedarás convencido, amigo lector, si alguna duda tienes aún, de la verdad de mis palabras cuando, capítulos atrás, afirmaba que Pepiño Blanco era de pedernal.
     Aquel día tuvo lugar, como de costumbre, la reunión de la C.S.A.L. (Célula Socialista Agraria de Lamacido), grupúsculo clandestino que luchaba por los intereses de los campesinos, de acuerdo con el socialismo de Pablo Iglesias. Los reunidos eran los de siempre: Bernardo Somozas, Antonio Varela -hermano de Rosendo, y tío, por lo tanto, de Pepiño-, Vicente Martínez y Severino Montes. La reunión, presidida por un gran cartel en que se leía "La vaca para el que la ordeña", tenía lugar en la cuadra que daba cobijo al burro de Antonio. Los cuatro socialistas discutían, en animada conversación, la manera de exigir, al párroco de San Damián de Lamacido, la cesión, como bienes comunales, de los terrenos de la iglesia, cuando Pepiño Blanco, desde la calle, asomó la cabeza por la puerta de la cuadra. El burro, entonces, harto de oír tanta majadería, fue hacia el niño. Pepiño y el burro se miraron fijamente, y, de pronto, los ojos del niño empezaron a emitir unos destellos, nunca vistos en un ser humano, que habrían puesto en fuga al más valiente. El burro, espantado, puso término a la reunión clandestina socialista, derribando la mesa que servía de apoyo a sus acuerdos, y, al instante, se armó en la cuadra la de Dios es Cristo. Los ojos de Pepiño Blanco, por entonces en mística contemplación, emitían ya, además de los destellos, los sonidos característicos de la alarma de un submarino en zafarrancho de combate. Es de justicia reconocer que, en medio del pánico provocado por Pepiño, el peor parado fue el burro, que, de los cinco reunidos, tiró menos coces que ninguno.

Tío Chinto de Couzadoiro

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viernes, 15 de julio de 2011

Verbena multicolor




Vida oculta de Pepiño Blanco
(Capítulo 23)

     Lo que, con el tiempo, fue conocido como "fenómeno Pepiño", se observó, por vez primera, durante las fiestas patronales que aquel año tuvieron lugar en Lamacido. Maruxa y Herminio ocupaban una mesa, en la terraza del "Bar Camuñas", para que Pepiño oyera las piezas del folclore galaico que interpretaba el grupo regional "Os catro de Céltigos". Cualquier otro niño habría quedado prendado del vistoso colorido del conjunto musical y de los tonos, alegres o melancólicos, que salían de las gaitas. Pero, Pepiño Blanco, dotado de un espíritu inquisitivo, impropio de su poca edad, no le prestó la menor atención, porque su alma quedó atrapada por el vuelo de una mosca cojonera, en torno a la botella de gaseosa que había sobre la mesa. Otro infante que no fuera Pepiño habría intentado cazarla o, por lo menos, espantarla de un manotazo. Pepiño, en cambio, trató de imitarla lo mejor que supo. Para ello, se subió, con dificultad, a la mesa; y, ya de pie sobre ella, inició un corto vuelo que dio con él de cabeza contra el suelo embaldosado de la terraza. Pepiño se cargo, de un solo golpe, seis baldosas. Por cierto, que el soberbio cabezazo coincidió con el momento en que el bombo de "Os catro de Céltigos" marcaba el final de la "Muiñeira de Reboredo". Por eso, aún hoy, no se sabe muy bien si los aplausos del público sirvieron para premiar al grupo folclórico o para reconocer el potente cabezazo de Pepiño Blanco. Sea como fuere, a partir de aquel instante, y a lo largo de veinte días, los ojos de Pepiño cambiaron de color cada cinco segundos. Unas veces, los dos adquirían el mismo tono; otras, la mayor parte de ellas, un ojo se ponía de un color, y, el otro, de otro. Y eso ocurría, como digo, cada cinco segundos. La cara de Pepiño Blanco se había convertido en algo así como la verbena multicolor de una ambulancia del SAMUR.
     Desde aquel día, hubo interpretaciones del "fenómeno Pepiño" para todos los gustos. Argimiro, el padre de Maruxa, dio su parecer.
- Este rapaz non anda ben da cabeza.
Don Arsenio Taboada, el indiano vuelto de Nueva York, aseguraba que los ojos de Pepiño Blanco emitían mensajes del Supermán que habitaba en él; Amalia Fandiño no dejaba de afirmar que aquellos ojos hablaban de la incipiente santidad del niño, confirmada por la protección que San Zoilo de Pastrana le había dispensado. Fue la ciencia, como siempre, la que puso las cosas en su sitio, cuando el médico rural, don Armando Vilariño, sentenció que los continuos cambios de color eran debidos al exceso de urea contenida en la meada que "Roldán", el perro de caza de Casildo "das pallas", había soltado, tiempo atrás, en pleno rostro de Pepiño.

Tío Chinto de Couzadoiro

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viernes, 1 de julio de 2011

"Roldán"



Vida oculta de Pepiño Blanco
(Capítulo 22)

     El predicamento de Pepiño Blanco entre sus convecinos de Lamacido aumentó notablemente, a raíz de su elevación a los altares, en brazos de San Zoilo de Pastrana. Cómo no sería aquello, que la milagrosa aparición de Pepiño en el nido matrimonial de los marqueses, ocurrida tiempo atrás, quedó eclipsada por la inequívoca protección que el santo le dispensaba. Ante tal evidencia, don Vicente, párroco de San Damián, tras oír el parecer de Amalia Fandiño, beata oficial de Lamacido, tomó en consideración sus juiciosas palabras, y resolvió obrar en consecuencia.
     Amalia Fandiño era una viuda, metida en años y carnes, que ocupaba el volumen de cuatro mujeres gordas. Aun así, se tenía por delgada, y a más de uno que lo dudaba había sentado en el suelo, después de haberle hecho probar la contundencia de sus guantazos. Pero no nos desviemos del curso lógico de la narración; vayamos a lo que de verdad nos importa. Amalia Fandiño, de aspecto bonachón, se encargaba de llevar el santo  de casa en casa -una imagen reducida de San Zoilo de Pastrana- en un templete ambulante de madera, porque, según pensaban don Vicente y ella, a San Zoilo le bastaba una semana en cada hogar para derramar sobre él toda clase de riquezas. Aunque, a decir de algunos descreídos, "si non fai ben, po lo menos non come, carallo".
     Al cabo de mes y medio, Felipe Cornide, carpintero de Espasante, tenía listo el nuevo templete que le había encargado el párroco. Por su tamaño, se adaptaba al de Pepiño Blanco, que iba a sustituir al santo. A tal fin, el templete contaba con una novedad importante: un sillón, con un redondel abierto en el centro del asiento, similar al del Emperador en Yuste, para que Pepiño hiciera sus reales necesidades.
     Aquel sábado, por primera vez, Amalia Fandiño llevó el templete ambulante, con Pepiño Blanco sentado en el trono, al hogar de Basilio Ramallo y Pilar Fraguela, para que Pepiño derramara sobre él, durante una semana, el cuerno de la abundancia. A las dos de la madrugada, cayó un rayo en la cuadra, y les mató los dos cerdos que tenían ya cebados. Como la cosa empezaba muy prometedora, a la mañana siguiente, Amalia, obligada por Basilio y Pilar a llevarse al santiño, lo sacó de la casa, lo dejó en la calle, y entró nuevamente en ella, con ganas de repartir guantazos. Entre tanto, acertó a pasar por allí "Roldán", el perro de caza de Casildo "das pallas", que, olfateando el carácter profano del templete, levantó una pata trasera, y descargó, sobre la cara beatífica de Pepiño, varias ráfagas de orina.

Tío Chinto de Couzadoiro

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viernes, 17 de junio de 2011

San Zoilo de Pastrana



Vida oculta de Pepiño Blanco
(Capítulo 21)

     Desprender a Pepiño Blanco de los brazos de San Zoilo de Pastrana resultó tarea ardua. Primero, porque la peana se hallaba a considerable altura; y segundo, por la resistencia heroica que San Zoilo ofreció al esforzado intento de Casildo "das pallas" de quedarse con el niño. Tan mal se vio Casildo, en lo alto de una larga escalera de mano, que don Vicente, el párroco, por no oír las blasfemias que Casildo profería contra el santo, ordenó al coro que cantase con más fuerza, especialmente a Marcelina, la soprano con voz de bajo. Jamás se había visto cosa igual en Lamacido. San Zoilo de Pastrana, que, con una mano, protegía a Pepiño Blanco, y, con la otra, daba soberbios tortazos a Casildo, separaba, al mismo tiempo, con el pie derecho, la escalera, de su punto de apoyo en la peana. Casildo "das pallas", que, por la altura a que se encontraba, se había convertido en blasfema voz solista del coro parroquial, viendo que la escalera alcanzaba por momentos la vertical, fue presa del pánico, y pidió ayuda a gritos. Diez minutos después, colocaron otra larga escalera, y por ella subió, con una ametralladora, el comandante de puesto de la Guardia Civil. Y, cuando llegaba a la altura de Casildo, éste le habló con tono autoritario.
- ¡Métalle catro tiros, coño, que non deixa de darme hostias!
Pero San Zoilo, sin inmutarse, le quitó el tricornio, y se lo puso al niño. El comandante de puesto, entonces, a punto estuvo de caer de lo alto de la escalera, al sentirse tentado a cuadrarse ante el tricornio que a Pepiño Blanco le ocultaba la cabeza.
     Cuatro horas más tarde, con la iglesia abarrotada de aldeanos de Lamacido y de gente llegada de Ladrido y Espasante, Casildo "das pallas" y el comandante de puesto de la Guardia Civil bajaron, cada uno por su escalera, y dejaron a Pepiño Blanco en los brazos de Maruxa. Aseguran algunos, que, antes de abandonar el templo, observaron una lágrima que se desprendía de un ojo de San Zoilo; y que, ya con la iglesia cerrada, podían oírse sus gemidos desconsolados.

Tío Chinto de Couzadoiro

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viernes, 10 de junio de 2011

Pepiño no aparece



Vida oculta de Pepiño Blanco
(Capítulo 20)

     Después de varios días de búsqueda infructuosa de Pepiño Blanco, el comandante de puesto de la Guardia Civil, llegado de Santa Marta de Ortigueira, dio su parecer a los vecinos de Lamacido, reunidos a la puerta de la iglesia parroquial.
- Lo único que sabemos es que no aparece.
Oídas tan sabias palabras por los congregados, Casildo "das pallas", tratante de ganado, puso con sorna, o, si se prefiere, con retranca gallega, la guinda al pastel.
- Non e pouco.
La guinda, todo hay que decirlo, no fue del agrado del guardia civil, por entender que lo dejaba en evidencia, pues Casildo sugería, sin miramiento alguno a su uniforme, que, para hacer semejante descubrimiento, no era necesario ser comandante de puesto. Por eso don Vicente, párroco de San Damián de Lamacido, sabedor de que Casildo y el guardia habían tenido ya sus más y sus menos en alguna feria de ganado, viendo que al del tricornio se le podía ir la mano al rostro de Casildo, tuvo la feliz ocurrencia de hacerlos pasar a todos a la iglesia, con el propósito de elevar al cielo las fervorosas rogativas que alcanzaran de Dios el favor de dar, por fin, con Pepiño Blanco.
     Las preces alternaron con los cánticos litúrgicos, entonados con devoción por los parroquianos, que contaron, como solista, con Marcelina, soprano dotada de una hermosa voz de bajo, que, para dar las notas más altas, cantaba de puntillas encima de una banqueta. Marcelina se lució como nunca lo había hecho. Transida de dolor, por la desaparición de Pepiño, su voz arrebatada ascendió a las moradas celestiales; y, de pronto, como si se hubiera quedado allí, Marcelina guardó silencio. Y, por más que se esforzó, no logró que su voz volviera a salir, porque una visión sobrenatural cautivó su atención, y, por contagio, la de todos los concurrentes al rezo. El Niño Jesús que la imagen de san Zoilo de Pastrana llevaba en brazos se parecía extrañamente a Pepiño Blanco. ¡Las rogativas dirigidas al Creador habían obrado el milagro de transformar un Niño Jesús de escayola en un Pepiño Blanco de carne y hueso, que aún mostraba, por su diminuto cuerpo, los pegotes del estiércol del pesebre!

Tío Chinto de Couzadoiro

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